lunes, 9 de julio de 2012

ATAVISMOS

Bajo la inclemente canícula, cuando el sudor se empapa de sebo, crema y desesperación bajo la sombrilla que apenas alivia, rodeados de animosa población vocinglera y activa, variopinta y multicolor, atareada sobre la arena generosa y ardiente, formándose cada quien su territorio singular, enclavado sobre la aridez de la playa tan concurrida. A la carrera, como huyendo de la imprevisible amenaza del campamento por armarse, como si no se pudiese perder ni un minuto, jaleándose para montar cuanto antes el chiringuito como un rompecabezas que va formando cuerpo, entre gritos y prisas, con una voz cantante que se erige sobre el resto y una posición mayestática, al margen del ajetreo, correspondiente a la jerarquía máxima del grupo ajetreado, el abuelo o abuela que supervisan y aciertan con la orientación mejor, mientras cuidan al nietito que refunfuña y aligera por hacerse con el juguete echado el ojo antes incluso de haberse aparecido. Así pues, con la exultante alegría del grupo humano recién aposentado sobre su marcado territorio, bajo la solina que aplasta y achicharra, vuelve a recomenzar la algarabía inevitable, la pulsión existencial por no dejar un minuto muerto, entre encalados de crema, mano sobre mano, refriega tras refriega, sin descanso, haciendo hambre muy rápidamente, en tanto los adultos otean el emplazamiento propio y los circundantes, para orientarse en el universo colorista y chillón, mientras corretean los pequeños, se zambullen y hacen flanes de arena, montañas y túneles titubeantes de ríos de agua salada, imposibles, con conchitas que son almenas y piedritas que son caminitos que no se pisan, justo desde el primer instante en el que ya se reclama el sustento ancestral, ingente, voluptuoso de patatas fritas, aceitunas, cerveza fría, templada y caliente, bocatas, tarteras de filetes empanados, de ensaladilla rusa, gazpacho, tortilla de patata, pipirrana, pastas, pastelitos, café en termo, leche, helado, fruta, sandía, melón. . . .y copichuela final. . . sin solución de continuidad, amontonando calorías en las despensas sobrantes de orzas y michelines que sudan y engullen, como si fuera la verdadera razón de tanto despliegue esforzado, mientras transcurre la jornada sin dejar de hincar el diente, un día en la playa, por ejemplo, entre rasgos y borbotones de felicidad imparable, bocado a bocado, sin parar un instante. Así entonces hasta el entripado que no admite ni un cacahuete más, ni un gin tónic más que abotague una pizca más, mientras el sopor atenaza los sentidos que se engolfan panza arriba o culo abajo, ronquido va y viene, reunido el clan bajo la lona que los identifica, como grupo humano feliz y próspero. Torre del Mar 9 – julio – 2.012